Cada día suena el despertador. Y cada día me quedo un rato mirando al techo preguntándome por qué motivo tengo que poner un pie en el suelo y empezar un nuevo día. No es lógico. Nada lógico. Estoy en una situación relativamente buena; con 22 años trabajo en lo que me gusta, acabé de estudiar diseño y ahora estoy estudiando la carrera de publicidad, tengo tres proyectos fantásticos y amigos que me soportan (de soporte, no de soportar... que también). Pero aun así, cada mañana tengo que plantearme el motivo por el que tengo que levantarme. Y no es por el frío que hace al sacar un pie de debajo el nórdico (ojalá fuera ese el motivo). Quizás es por eso que necesitaría cada mañana un algo que me empuje a empezar el día con energía.

Quizás es por eso que cada noche acabo yéndome a dormir a las tantas, porque dormirme significa que llegará antes el momento en que suene el despertador y empiece la rueda otra vez. Y si estoy despierta, aunque lo que haga sea perder el tiempo, llega “más lento”. Claro que la situación en casa tampoco es que me ayude especialmente.

Es como un destello blanco
que ya se ha olvidado de virar,
sólo sé que se mueve frágil
por las calles de esta ciudad.

Corta como un diamante
me temo que ha perdido toda su fe.
Es como una estrella mutilada
que ya no sabe cómo crecer.

Ella dice que está bien
que está bien.
Ella dice que está bien...

Flota como un diente de león
azotado por el vendaval.
Sus diablos se le aferran al cuerpo
no quieren dejarla escapar.


Madre mía que forma de desaprovechar el tiempo, mis 22 años, mi talento y mi todo. Odio profundamente estar así, porque encima soy consciente de que se lo transmito a los que tengo cerca. Aunque por suerte, en general soy capaz de separar esto de determinadas situaciones y de mis proyectos... por lo que la repercusión real de la "batalla campal" me la sigo quedando yo.

Me costará lo mío, pero saldré de esta. Debo hacerlo. Por ti. Por mi.


Shining light (aunque sea a modo de intermitente).

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